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viernes, 18 de abril de 2014

LA "DESGRACIA" COMO ESPECTÁCULO


            Soy consciente de que, en Periodismo, hay de todo. La mayor parte de nuestra tarea es loable, pero hay minorías que nos hacen daño, y que conviene enunciar para transformarnos y ser un mejor referente social. Esos recurrentes hechos que a menudo nos llevan a subirnos a la cabalgadura de un tren periodístico sin estrella, donde explotamos aspectos innobles que tienen que ver más con el morbo, con el sensacionalismo, con el amarillismo, con la afectación y con el chisme, que conectan mucho más, digo, con lo monstruoso y descabellado que con la información misma, nos deberían, antes de sonrojarnos en una ocasión más y caer en la derrota, llevar con certeza a unos ciertos análisis o reflexiones constructivas con el propósito de mejorar. Lamentablemente no es así.

            Periódicamente, y no hace falta que pongamos ejemplos concretos, surge el sempiterno dilema que nos lleva a preguntarnos qué es lo primero, si el derecho a la información frente al que nos protege en nuestra intimidad y demanda posturas respetuosas, o si, sencillamente, debería ser al revés. No está claro: depende, claro, de cada caso, que hemos de interpretar adecuadamente. Sin embargo, la praxis a veces es doliente. La prueba evidente de lo que reseñamos la advertimos en los resultados de un cierto quehacer periodístico (sí, minoritario, pero que hace mucho ruido) que se identifica más con lo morboso y truculento que con las dosis netamente informativas.

            No caigamos, por favor, en la trampa de pensar si una situación, en función de los personajes, debe ser tratada de una manera u otra. Ese argumento es falaz, cicatero, poco recomendable. Las personas somos personas, y, como tales, tenemos derecho a que la ley nos proteja, y, sobre todo, a que la sociedad y sus Administraciones Públicas no nos dejen indefensos en favor de pingües beneficios que “vendemos” desde la profesión en aras de una supuesta libertad informativa. Aunque se trate de un comportamiento asociado a una cierta moda y con el recorrido que todos conocemos, no debemos pasar de largo respecto del problema que nos plantea.

            Decía el maestro italiano Indro Montanelli que el límite en la llamada libertad de expresión ha de situarse “en la conciencia de quien la ejerce”, esto es, los periodistas, y añadía que esa libertad “no está en las leyes ni en los reglamentos sino en la conciencia de las personas”. Es evidente que el asunto de la conciencia nos sumerge en aspectos tan subjetivos que no sabemos muy bien qué hacer o qué decir. Ryszard Kapuscinski nos aclaró un poco más las cosas cuando nos dijo que “un periodista debe ser una buena persona ante todo”. Es de suponer que, si se es bueno, se tendrá una óptima conciencia. Podría ser un coherente silogismo, y quizá un portentoso paradigma que nos debería animar a la reflexión y al consenso.

Cambiar de actitud

Si no cambiamos de actitud, seguiremos siendo cuestionados por una sociedad que nos coloca como gremio, a los periodistas, al final de una cola, donde somos los menos creíbles, los menos verosímiles, y eso, ¿verdad?, suena a paradoja. Encarnamos, según las palabras de Desantes Guanter, a los sujetos cualificados de la información, los profesionales, y representamos los intereses de los sujetos universales, los ciudadanos. No podemos dejarnos llevar exclusivamente por ese sujeto organizado, seguimos con Desantes, que equivale a la empresa informativa, que normalmente solo busca dividendos, más y más grandes. Si nos permitimos dominar completamente por el aspecto crematístico, por la empresa, por lo financiero, seremos meros “mercenarios” que abordan un producto muy “sensible” a cambio de un salario (bajo), y poco más.

            En paralelo, sumemos lo que ya decía Lou Grant, maestro en aquella serie norteamericana de muchos informadores y comunicadores de mi generación: recalcaba que un periodista no podía ser bueno y famoso al mismo tiempo. Según él, había que elegir entre una cosa u otra. También es cierto que, desde la honradez, no nos haremos millonarios nunca (no es lo que perseguimos: defendemos el servicio público y el interés general). El que contradiga este aserto que se pregunte el porqué. Lo que evidentemente debemos reclamar es dignidad salarial, que no siempre acontece en los que desarrollan su faena, la gran mayoría, con humildad y salubridad.

            El viaje de nuestra profesión merece la pena, eso sí, siempre y cuando tengamos lealtad a ciertos principios. Eso es lo que debemos defender en toda época y lugar. Hay un código deontológico que cumplir (puede que encontremos escritos hasta cientos de ellos). No obstante, lo relevante es convertir el anhelo en hecho. Quizá para eso, entre otras medidas, hace falta la puesta en marcha de un verdadero Estatuto Profesional.

Entretanto, cuando veamos algunos que, en nombre de la profesión, ofrecen informaciones que no pueden ser calificadas de tales y que, además, conculcan el derecho a la intimidad (debidamente ponderado) y a la más mínima decencia y educación, lo menos que subrayaremos es que “no somos de ésos”. Ni la muerte, ni la desgracia, ni lo tremendista se han de convertir, por un mal tratamiento, en un espectáculo. Así no vale.


Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 12 de abril de 2014

Semana de Sentimientos

Todo el mundo lleva su cruz a cuestas. Puede que varias. De tamaños, de pesos, de costes, de opciones, de fracturas, de posibilidades, de caídas por ellas, de dolor… todos sabemos… mucho.

Lo importante es sobreponerse a ellas, convivir con ellas, afrontarlas con valentía dentro de los temores que todos podamos albergar, que, de suerte en suerte, nos invaden, pero no debemos dejar que nos ganen. La partida, debemos decirnos, siempre es nuestra.

Estamos en plena Semana de Pasión, en unos días para recordar, para revivir desde la experiencia lo que fue y lo que pudo haber sido. La vida son ciclos: de nuevo caemos en la cuenta de ello.

Contabilizamos gentes que se van, personas que vienen, opciones perdidas y otras muchas que surgen, vencimientos y re-inicios. Todo lo bueno está por ocurrir. El consejo es que mantengamos los ojos bien abiertos para no perdernos lo crucial en relación a aquello que nos sucede, para ser capaces de interpretarlo.

Vivir, de algún modo, es revivir, y no sólo por repetir experiencias con las oportunas o respectivas circunstancias de cada etapa, sino porque hemos de ahondar en las opciones que tenemos, que son muchas, bastantes, a menudo infinitas, para ser felices.

Es una semana para los que creen, para los que creerán, para los que aún andan de camino hasta sin saberlo. También son jornadas para rememorar a quienes se encuentran en otra dimensión, como la querida compañera Carmen: cada una de estas mañanas le mandaré un beso.

Y mandaré más besos y abrazos, esta semana y sucesivas, porque no estoy dispuesto a esperar que sea demasiado tarde para demostrar que amo a quienes tanto se lo merecen por multitud de motivos. Es mi particular Semana de Sentimientos.


Juan TOMÁS FRUTOS. 

viernes, 11 de abril de 2014

Cercanías

La comunicación es un arte tan sencillo como provocadoramente difícil. Además, lo que puede funcionar en unas personas puede ser complejo y distante en otras, por lo que sólo la experiencia y los éxitos en este territorio alcanzados con un don o talento natural llevado de la mano de la voluntad pueden presumir del desarrollo de la oratoria o de la escritura como bases para relacionarse, negociar o extender los pensamientos, las opiniones y las ópticas existenciales.

Uno cae bien, gusta, cuando se le ve cercano, cuando se aproxima de una manera espontánea, puede que intencionada o no, y nos cuenta lo que piensa y lo que es entre valoraciones, pareceres y hechos que han de concordar con lo que se realiza cotidianamente.  No podemos ser distintos de lo que decimos ser. La cohesión y la coherencia comunican: lo contrario no.

En comunicación funciona la cesión, la intermediación, la búsqueda del consenso, el uso de palabras y de situaciones sencillas para que se entiendan bien. En este mismo sentido, hay que procurar cercanía. Lo que llega al corazón alcanza el intelecto. La cuestión es cómo hallar una visión equilibrada de modo que no pongamos en práctica la tentación de llamar la atención desde el continente por encima del propio contenido. Esta actitud está condenada al fracaso a largo plazo.

Se espera de quienes conocemos que sean cercanos, que tengan confianza, que la otorguen también. La fe mueve montañas, nos traslada hasta ubicaciones donde nos decimos que es posible cualquier afán, cada proyecto afrontado, que consideramos, desde esa postura, realizable.

No hemos de brindar muchos consejos. Lo importante es que, observando las cuestiones desde premisas relativas, busquemos las intenciones desde una emotividad que opere. Cuando perseguimos ilusiones, sentimientos, eventos, elementos y conceptos que tengan que ver con el corazón, nos sabemos y entendemos, pero no debemos “estirar la realidad” más de lo preciso.

Los acercamientos invitan a que los itinerarios fructifiquen, a que sean en la lealtad y desde la máxima capacidad. Hemos de comprometernos con verdades que nos hagan figurar donde debemos, con mesura, con alegría, con unas joviales finalidades que nos hagan sentirnos eternamente jóvenes. Podemos hallar, si nos damos la mano, las promesas fraguadas que nos permiten recorrer los espacios más peculiares y veraces.

Palabras similares

Los términos o vocablos que consideramos similares son, a su vez en este caso, cercanos en el doble sentido. Así, por ejemplo, cuando nos referimos a la contigüidad, determinamos que nos hallamos juntos: debemos advertirlo así, y demostrarlo con los hechos cotidianos, y no sólo con las palabras. También esta interpretación supone entender que no estamos yuxtapuestos, sino complementados.

Otra voz entendible en este mismo ámbito es la de proximidad. Sí, es asimismo estar pegados en lo espacial y en lo temporal, y no exactamente en sentido literal, sino en la visualización de las ideas y de los comportamientos de cada jornada. Por nuestros hechos nos conocen, nos damos a conocer. Si empatizamos y simpatizamos, seguramente estaremos, en paralelo, cerca de los demás.

Cercanía equivale a vecindad. Aludimos a que estamos en el mismo bando, en idéntico paraje, en un emplazamiento conjunto. Nos vemos, y nos reconocemos. La experiencia es sincera, de puesta en común.
Hay quienes no saben que el trecho más corto en las relaciones, incluso en las diferencias entre dos o más personas, está en la línea recta, a partir de la cual pueden mejorar muchas perspectivas.  Es cuestión de verlo así: no se trata de darnos más y más explicaciones, sino de entenderlas.

Igualmente nos referimos, con otro término, a compañía. No es bueno que nos traslademos en soledad. Realmente lo que precisamos es compartir para sabernos con significación en los progresos societarios, que deben dispensarnos mejorías desde las emociones y los raciocinios que podamos fermentar. En todo caso, debemos mantener la certeza de que la cercanía se demuestra ejerciéndola. Prueben.


Juan TOMÁS FRUTOS. 

sábado, 22 de marzo de 2014

La oportunidad de vivir

Sabes que vivir es pensar, experimentar, seguir, sugerir, tocar, palpar, comunicarnos con nosotros mismos, avanzar en progresiones que debemos compartir en escenarios nuevos.

Nos hemos convencido con hechos, y por eso estamos deseando que llegue el nuevo día, que nos inunda de emociones, de felicidad en definitiva. Tenemos suerte de ser en esa entrega mediata.

Surgiste como una diosa, y como tal me regalas un planteamiento de equilibrio. Te confundes entre el sueño y la realidad, y, así, abundas en todas las horas del día, que plantean regresos, convenciones, uniformidades.

Nos hemos repuesto de las consideraciones de antaño, que nos han presentado en los albores del día con la alegría suficiente para conocer el genuino cariño, que nos corrige y nos hace mejores. Es un planteamiento natural, como la flamante jornada, que nos brinda la oportunidad de vivir, y, claro, vivimos.


Juan TOMÁS FRUTOS. 

jueves, 13 de marzo de 2014

La educación de los más jóvenes

El ámbito más sensible de cualquier sociedad lo constituyen siempre los más jóvenes. Ellos son los que heredan el futuro, y, en este sentido, hay que esforzarse con ahínco para que su formación sea la más conveniente e idónea. La revolución que suponen los avances de las últimas décadas nos llevan a la necesidad, si cabe, de una mayor protección. Recordemos que el universo es más cercano cada día. Lo es por la educación, por los progresos societarios en todos los niveles, especialmente en el tecnológico. Eso hace, entre otros menesteres, que nos tengamos que esforzar más para evitar deterioros y daños en los aspectos formativos.

Hablamos habitualmente de la enorme incidencia de las nuevas tecnologías en todos los sectores de la población, de cómo se introducen en nuestras vidas con apenas resistencia, de la información y de los datos que pululan y se movilizan a través de Internet. Su presencia total, su posibilidad de llegar a cualquier parte, se traduce en que no hay resquicio donde no puedan tener un impacto más o menos visible y fortalecido.

Precisamente por esa penetración global, y porque contribuyen a la universalización de formatos y de contenidos, hemos de pensar en las cautelas, garantías o alertas con las que debemos trabajar cuando tenemos niños cerca. Los ordenadores son instrumentos que procuran conocimientos, en sentido genérico, muy idóneos. No obstante, y con la multiplicidad de informaciones que se mueven por doquier, es aconsejable que tomemos las suficientes medidas que impidan que determinadas informaciones lleguen a los consumidores más jóvenes, fundamentalmente a los adolescentes y a los niños, sin digerir, sin filtrar o sin el necesario contexto o explicación.

La información precisa valores y datos previos para que se pueda entender en su plenitud. La infancia ha de ser (lo es, de hecho, en todos los aspectos) el sector más protegido de la población. Una buena educación contribuye a un oportuno y extraordinario crecimiento que redundará, con seguridad, en esos ciudadanos y ciudadanas que harán del territorio donde viven una ubicación óptima desde todos los puntos de vista de la convivencia humana. Ésa es la aspiración al menos.

Por lo tanto, proteger de abusos, de contenidos “contaminados”, de violencia, de pornografía y de otros deterioros y delitos es una necesidad para todos. Aquí la formación desde los primeros estadios de la vida humana es un imperativo que se traducirá, si conseguimos ciudadanos auténticamente libres a la hora de elegir, en una sociedad más dichosa y variada. Cuando hablamos de una buena educación, hablamos, paralelamente, de una óptima comunicación.


Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 7 de marzo de 2014

Crisis y creatividad


Las visiones sobre la crisis que asola todo el planeta en la actualidad son variopintas, pero aquí, sin duda, preferimos quedarnos con las interpretaciones más halagüeñas. Es evidente que ante situaciones complicadas nos crecemos y fortalecemos en los ámbitos intelectuales y societarios. Ocurre en más esferas también. Como decía Chesterton, “si no fuera por la roca del acantilado la ola no llegaría tan alta”.

Quizá por ello, o por otros motivos más o menos subjetivos, ante cualquier tipo de puesta en cuestión de lo que tenemos o respecto de dónde vamos, el consejo es que seamos creativos y que abordemos cuanto ocurre con imaginación. No hay mejor itinerario.

Hablar, actualmente, de que estamos inmersos en una crisis económica, que seguramente se extiende a otros conceptos o elementos de la sociedad, es recrearnos en lo obvio. Ríos de tinta se han escrito por doquier, utilizando todo tipo de formatos y de géneros y soportes mediáticos, para abundar en lo que estamos viviendo en todo el planeta (en algunos lugares es una realidad mucho más opresiva). Las convulsiones más o menos visibles están ahí, y se perciben a través de la bolsa, de las pérdidas de empleo y de insuficiencias materiales y contables.

Por supuesto, esta crisis ha tocado de lleno al mundo de los medios de comunicación, y también, pese a su proliferación constante, a aquellos que se basan en las nuevas tecnologías informativas. Además de señalar que todo esto era previsible, la pregunta es si es evitable en sus grados más superiores. La mayoría de los expertos creen que sí. Después de todo, los nuevos modelos de trabajo nos permiten una gran altura de miras y una flexibilidad más patente y jugosa.

Asombra ver cómo esta crisis está llegando a todos los estadios, y como empresas y profesionales que han sabido en todo momento adaptarse a los nuevos tiempos se han dejado llevar por la tormenta, por el tornado de la desaceleración. No han podido con la coyuntura actual. El modelo está mutando, con prisas, momentos intermedios, y detenciones de los procesos que aún están flamantes. Es cuestión de paciencia y de obtener el más alto provecho societario, esto es, debemos perseguir el bien común.

Algo pasa. Seguramente hemos perdido no solo el crédito material, sino también la credibilidad en nosotros mismos. Hay menos fe en que seamos capaces de reaccionar en tiempo y forma. No pensamos que tengamos capacidad de detener la crudeza del huracán. Quizá pensemos que hemos sido tan flexibles en algunas cosas que en adelante, según nos decimos, no podemos serlo más. La tradición está cambiando, y nosotros también giramos.

Como propuesta de futuro, de presente ya, tenemos al alcance las labores que tienen que ver con las tecnologías de la información. La flexibilidad que ofertan los nuevos medios informáticos, las nuevas mecánicas laborales, nos pueden llevar, sin lugar a dudas, por unas sendas de una mayor, y más creciente, creatividad y entusiasmo.

La ilusión casi dejada en los cuentos de la infancia ha de ser la premisa ante todo lo que está por hacer, que es mucho. Puede que, en vez de competir, tengamos que articular nuevas formas de trabajo partiendo de la solidaridad y de la entrega a los demás. Es posible que compartiendo generemos más. Señoras y señores, en esta etapa de increencias es cuestión de probar. A lo mejor hasta resulta positivo.


Juan TOMÁS FRUTOS.

viernes, 28 de febrero de 2014

Payasos de hospital

No hay mayor incertidumbre que la que provoca el desconocimiento. Lo sabemos desde pequeños, desde que somos niños. Por eso, cuando asomamos por el campo de batalla de la vida sentimos una especie de vértigo en cuanto se nos escapan algunas cuestiones incontroladas.

El tener que pasar por una operación quirúrgica es un asunto que, aunque a veces se plantee como un mero trámite, no lo es. Se presenta, como poco, la duda sin método respecto a ese adormecimiento que nos ubica en un estado de cierta indefensión y de temor a lo que vendrá después, o en el entreacto…

Cuando apenas somos unos críos el miedo puede ser mayor, porque todavía nos faltan más datos en torno a lo que va a suceder, a cómo nos lo cuentan, y sobre los posibles resultados. Así, cuando vamos de camino a una sala de operaciones, que es como la vida misma, un puro riesgo, pero viéndole al toro los cuernos, cuando vamos, digo, por ese túnel de esperanza y de falta de fe, cuando la inseguridad se apodera, o se puede apoderar, de nuestro cuerpo y de nuestra mente, a menudo se produce el milagro de una cara feliz al lado nuestro. Si son dos rostros, mucho mejor.

Es el caso que podemos comprobar sobre la inmensa e impagable labor de los payasos de hospital. Te miran, te sonríen, y te dicen sin decirte nada que la existencia humana es una oportunidad para alegrarnos, incluso cuando la opción parece no llegar, en los momentos de tinieblas, de apagones analógicos en pos de un remedio mejor, que puede llegar, o no…

Ahí están: son los payasos de la vida, en este caso de un hospital de vida, procurando que nada falte en este valle inconmensurable de ocasiones para la sorpresa y la sonrisa en paralelo, aunque a menudo esto nos parezca imposible. Ellos, como nadie, te cuentan cuentos que no tienen fin, te expresan sus deseos más íntimos y sencillos, y procuran que no haya un atisbo de soledad hasta el momento mismo de la soledad, que se diluye en un espacio-tiempo sin tránsito.

“Milagros”

Son, sí, esos payasos que pasan un tanto desapercibidos hasta que los necesitas, hasta que ves en ellos a tus padres, a tus abuelos, a las gentes de bien que te quisieron, a los que te comunicaron las buenas venturas, las confianzas, las esperanzas, los milagros más sencillos, esto es, los mismos universales que nos vienen directamente de la Antigua Grecia. Te subrayan sin hablar apenas que la hermosura de un buen día está en el equilibrio de no faltarte una taza de té, un trozo de pan y una mano amiga, aunque sea desconocida, como la de ellos. Sin pretenderlo, sin auparnos a aceleraciones extrañas, te llevan, con sus caras y trajes de payaso, por un camino mágico hacia un Mundo de Oz sin mago, porque indudablemente los “milagros” son ellos.

Y después, cuando se supera el trance, cuando todo vuelve a la normalidad, cuando la imagen del pasado parece que apenas ocurrió, uno se acuerda, como hoy, de los payasos, de los payasos de hospital en sentido amplio y más que figurado, es decir, de quienes hacen sonreír a niños, a adultos, a perdidos por la nebulosa de la fe en la misma nada, y, aún entre lágrimas de jovialidad, se juran y se prometen a sí mismos que harán todo lo posible para que en el próximo trance, incluso en el más duro que pueda venir, nos hallemos con gentes como ellos, unos payasos de hospital a cada lado, aunque no los reconozcamos, aunque no vistan tal atuendo, aunque nada sea como les contamos ahora mismo.

Para concluir resaltemos que lo importante es que, en un evento severo, tengamos la suerte de no estar solos, y que disfrutemos de unos payasos sonrientes que nos digan que todo ha merecido la pena, y que, a pesar de los pesares, este planeta y sus seres vivos son algo extraordinario. Ganémonos desde ya a esos payasos. Son un ejemplo de comunicación, pura y bella comunicación.


Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 23 de febrero de 2014

Un aprendizaje compartido

La mirada se tercia expresiva cuando trazamos los ejes que hay en común entre la ciudadanía, la educación y el papel de los medios informativos, pero, en su sencillez, también es clara cuando tratamos de adivinar las claves de la profesión periodística. El Periodismo evoluciona, indudablemente, con los mismos cánones y desde los mismos parámetros de la sociedad misma. Hay un cierto mimetismo que tiene muy mucho que ver con la propia idiosincrasia del uno y de la otra. Esto que señalamos, constituido en verdad casi objetiva, hace que los medios de comunicación sean una suerte de espejo del lugar y del tiempo donde estén incardinados, por mucha perplejidad o sorpresa que esta situación nos pueda generar con sus claros y con sus aspectos más oscuros.

Además, el modelo avanza a pasos agigantados. Gracias a la incursión de las Tecnologías dela Informacióny de la Comunicación, el periodista está en una etapa de adaptación en un flamante escenario caracterizado por la democratización de la Información. Esodice la teoría mayoritaria, que defendemos a ultranza, aunque a veces haya disfunciones, que existen y hemos de solventar. Es ésta, la actual, una fase en la que los ciudadanos participan y ayudan de una manera extraordinaria al periodista. Son los nuevos “gate-keepers”, esos generadores y seleccionadores de contenidos multimedia gracias a la incursión de Internet (nos referimos a los e-mails, a los blogs, a las redes ciudadanas, a las listas de distribución, a los diarios digitales…). Nos hallamos ante todo un entorno digital que invita al periodista a interactuar con toda clase de ciudadanos, y eso es bueno porque nos enriquece a todos, haciéndonos partícipes de la realidad misma desde distintos ángulos.

Tengamos en cuenta que se muda igualmente la interpretación, que el modelo de medios de comunicación caracterizado por una relación unidireccional, representada a menudo en la comunicación con instituciones públicas y privadas, ha cambiado a favor de un modelo omni-direccional y retro-alimentado por la aportación de los ciudadanos a través de las denominadas TIC´S (Tecnologías de la Información y de la Comunicación). Ésta es la gran revolución de finales del Siglo XX y de los albores del XXI. Pensemos en positivo, y digamos que hay todo un panorama que abre una visión esperanzadora y genera, paralelamente, un nuevo eslabón en la situación del Periodismo. La escalera permite, no lo olvidemos, más peldaños. Las entradas informativas, las propias fuentes, desmenuzan y articulan una realidad tan ingente como variopinta.

Es necesario describir este “paisaje” o “paisanaje”, que dirían nuestros escritores y literatos del 98, para demostrar que el periodista es más que nunca un portavoz de la sociedad, y que es imposible, debe serlo, cerrar los ojos a una realidad que el propio público al que se dirige le está brindando al mismo tiempo. Sin duda, el contenido que genera la sociedad en la Red es también un referente para que los profesionales de la comunicación puedan orientar su discurso informativo desde los variados “mass-media” en los que laboran y a los que representan. El intercambio de perspectivas, en éste como en otros supuestos, es edificante y constructivo.

Son muchos los ejemplos en los que el ciudadano, el sujeto universal de la información que nos indica Desantes Guanter, es el auténtico protagonista en y a ambos lados del proceso comunicativo. Por supuesto que debemos y podemos incrementar ese número de opciones de conocimiento, que lo son para la propia sociedad.

La calidad de los contenidos

Pese a estas posibilidades tan democráticas para compartir la información, los intereses empresariales y políticos sobre las empresas de comunicación pueden mermar la calidad de los contenidos que los periodistas pueden generar. Esto es un hecho que no nos debe impedir que veamos el bosque de las enormes posibilidades comunicativas y societarias que nos rodean.Se trata de una situación que, junto con la precariedad de los salarios, el desconocimiento sobre las asociaciones que defienden los intereses del sector y la falta de implicación de los poderes públicos para arreglar la situación socio-laboral de los periodistas, hacen que las metas no sean halagüeñas, pero pueden serlo, claro, con nuestro esfuerzo, con el de todos. La visión puede ser apocalíptica, sobre todo para las gentes que observan, habida cuenta de las circunstancias y de las condiciones que detectamos. No obstante, insistimos, el afán de superación nos ha de conducir por otros derroteros más optimistas. Además, la sociedad ha de albergar confianza en sí misma. El quehacer es de conjunto, y no de partes aisladas.

Tan importante como las retribuciones paupérrimas en las que nos movemos es el exceso de periodistas que salen de las Facultades sin encontrar trabajo, así como la falta de “polivalencia” con la que se licencian en estos centros de educación superior, especialmente por la carencia de tiempo y de medios para cumplir plenamente los planes de estudio, las indicaciones de los expertos y los deseos de colaboradores y responsables del ámbito universitario. Hay excepciones, como antes indicamos, y hay suficiente e inestimable esfuerzo por parte del profesorado y de las propias entidades, pero aún los recursos se tercian insuficientes.

El panorama que nos rodea brinda unas ocasiones excepcionales de mejora societaria desde el atrevimiento unánime de que nuestra labor debe fermentarse con el asentimiento de todos. En el global de opciones informativas, y desde una óptica personal, profesional y empresarial, hay una pluralidad comunicacional y comunicativa que nos debe hacer sentir un orgullo muy claro y singularmente basado en el quehacer de todos aquellos que estamos involucrados en el proceso de envío/recepción de los mensajes públicos. Toca, en paralelo, un aprendizaje mancomunado para aprovechar toda la sinergia y las destacadas ocasiones que nos circundan. Aquí no puede haber tampoco una faena individualizada y compartimentada. Ayudemos a que la ciudadanía aprenda a hacer un mejor uso de los medios, y en esa labor de cimentación ganaremos, con seguridad, todos.


Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 16 de febrero de 2014

Reflexiones en positivo

De vez en cuando, aún a riesgo de que con la crisis no todo se entienda como corresponde, conviene que hagamos algún balance contemplado, alternado y complementado de reflexiones que busquen el consenso y la salubridad. Sin duda, es enorme la evolución que podemos constatar en España en las últimas décadas, un progreso, por supuesto, que no debemos perder. Por poner una fecha del medio plazo que nos parece interesante, subrayemos que en los años 80 vivíamos en un país que se estaba haciendo a sí mismo, y el Periodismo también hallaba nuevas rutas. Había, como hoy, grandes maestros, con los que manteníamos una relación de conocimiento y de cercanía. Algunos, desgraciadamente, ya no están, pero los seguimos llevando en el corazón. Dentro del aprendizaje constante, lo primero que tiene que ser un periodista, nos repetían, debemos reiterarnos, es buena gente.

Para que esto sea así, debemos fomentar la docencia, que nos invita a refrescar los conocimientos y estar al lado de la gente más joven, que empuja con fuerza, con el afán de seguir aprendiendo. La educación nos obliga al reciclaje, a organizar el discurso con ideas cercanas a los procesos de trabajo, a los nuevos y los más veteranos. En los estudiantes, y eso siempre es una suerte, advertimos el ímpetu con el que comenzamos: nos recuerdan que no debemos perderlo.

Los futuros periodistas, tras esta ingente crisis, llena de incomprensiones, aportarán una visión de una sociedad en cambio en la que el ser humano debe estar por encima de todo. Es, la actual, una generación muy preparada con ganas de dejar patente que su oportunidad debe ser aprovechada. Entre todos debemos contribuir a ello.

En paralelo, subrayemos que un periodista ha de contar lo que sucede, y, en esta dirección, preguntar lo que debe y dónde debe. Lo que no se sabe tiene que aflorar gracias a los profesionales de la información. En este sentido, la curiosidad debe ser básica. Si no tenemos coraje por conocer, no tendremos respuestas de futuro, que, por otro lado, es necesario buscarlas.

El género más influyente y cercano, o eso me lo parece, sobre todo si está bien utilizado, es la entrevista. Lo importante en ella es que conozcamos las actitudes de la persona con la que conversamos, esto es, que se entrevea si conoce los asuntos sobre los que tratamos, si le interesan, si obra con buena intención, si es capaz en sus tareas, si puede tener contestaciones a lo que no conoce con el debido tiempo y preparación. No olvidemos que lo que más comunica es el lenguaje kinésico, es decir, el no verbal.

En este soporte o formato, como en otros, defendamos el concepto de buena intención. Es importante que destaquemos la labor de servicio público y de interés general por la que deben pugnar tanto los profesionales periodistas como los medios en los que trabajan. La Prensa desarrolla en todo el mundo un papel fundamental para que los sistemas se reciclen. Si se producen altibajos (como es natural, inevitables), antes o después triunfan los intereses de la sociedad gracias a la labor de las empresas periodísticas y de sus integrantes.

Servir a la sociedad

Los periodistas debemos replantearnos muy mucho lo que estamos haciendo, si no queremos que la crisis en todos los órdenes que estamos sufriendo nos afecte aún más. Debemos adaptarnos a las tecnologías y a los procesos de trabajo que les acompañan. Si no somos capaces de complementarnos y de decirle con hechos al ciudadano cuál es nuestro papel, en todo caso fundamental, estaremos abocados a transformaciones en las que podríamos perder la iniciativa, y eso no será bueno para nadie.

Ante la presente modificación de modelo, hemos de preguntarle al público en general en qué estamos acertando y en qué nos equivocamos. No olvidemos que administramos un derecho que es de todos, como indica el artículo 20 de la Constitución española.

Seamos, igualmente, sosegados en los planteamientos y en sus contenidos. Digamos lo obvio: llaman la atención los contenidos que se basan en sucesos o controversias llenas de ruido. Impactan mucho los accidentes, aunque la perspectiva ha de ser que tengamos en cuenta que hablar de pérdidas humanas siempre es triste. Necesitamos vernos de una manera global, con pros y contras. El deseo es que el retrato mejore desde una óptica real. Ojalá pudiéramos decir que no existe el paro, que la gente es feliz con mucha salud y con la suficiente economía para salir adelante. Si hablamos de la situación internacional, sería encantador servir de notario de que no existen las guerras. Hemos de contribuir a esa mejoría, que, además, es factible.

Otro apunte. Cuando cultivamos nuestras facetas de escritores apuntamos un modo de decir que nuestras creencias pasan por un poco de más optimismo. Manu Leguineche, ese maestro de periodistas que perdimos hace poco, repetía que deberíamos plantearnos por qué nos dedicamos, los profesionales de la comunicación, a escribir ficciones. Creo que es una manera de compensar ciertas carencias o interpretaciones.

Finalmente, digamos que siempre quedan preguntas, y siempre quedarán respuestas. Ésta es la vida. Los ciclos no se agotan, sino que se transforman, como estamos recalcando, y hemos de procurar acompañarlos para mejorar en la medida que podamos.

Juan TOMÁS FRUTOS.

sábado, 15 de febrero de 2014

Conectar con el nuevo día

Deberíamos contarnos lo que vemos, cuanto somos, en esta noche que es día, en el inicio de unos tiempos que nos conducen por sendas de pureza y amor, de entrega y anhelos por y para la libertad.

No extingamos los pronósticos, que nos han de permitir aguantar las fortunas dispares. No seamos hipócritas. Nos debemos importar. La proximidad ayuda. Tengamos cerca esas aguas que refrescan, en libertad, presintiendo lo que alberga motivaciones para adelantar y motivar los pasos, que no han de aceptar los ritmos pretéritos. Experimentemos el futuro.
Procuremos los instantes más interesantes, los que son en las vaguadas de la vida, que podemos y debemos superar. No nos quedemos en los inicios. Podemos ser muy dichosos en los instantes de superación, por duros que sean.
La existencia está plena de querencias, si las sabemos buscar. No platiquemos en lugares vacíos. Podemos ponernos en marcha pérdidas de tiempo. El gozo, con moderación, con riesgos, está ahí. Conectemos con el nuevo día. Aguarda, en silencio, que lo hagamos. Puede que sea cuestión de entrenar más. ¡Adelante!
Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 9 de febrero de 2014

Consumos y hábitos mediáticos

            La lectura de periódicos, la escucha de espacios radiofónicos o la contemplación analítica de los espacios televisivos tienen mucho que ver con los hábitos. Se ve y se lee cuando existe, previamente y con continuidad, la costumbre. No es algo que podamos improvisar en algún momento de nuestras vidas. Además, el hecho de que la decisión sea nuestra nos hace mucho más libres. Es natural. La idea del ser humano es ir haciéndose poco a poco, con lo que aprende, con lo que comparte, con lo que le viene de sus ancestros. El aprendizaje tiene un alto componente de sacrificio y de entrega.

            Recordemos que uno no se puede considerar auténticamente independiente y autónomo hasta que es capaz de tomar sus propias decisiones de compras, de ventas, de estudios, de consumos, de dedicaciones en el tiempo libre y en el ejercicio de la profesión, etc. Perseguir los conceptos de verdad, de objetividad, de buena intención no es fácil. Necesitamos ir poco a poco, consolidando actitudes desde una gran dosis de responsabilidad.

            Está demostrado que hay un efecto mimético o emulador de lo que contienen los medios por parte de la sociedad. Cada año, los “media” ofrecen millones de imágenes con una realidad descarnada, con violencia gratuita, con guerras que parecen de ficción pero que no lo son, con violaciones de todos los derechos, con hambres y enfermedades evitables, con esos sub-mundos que crean los primeros mundos… Además, se ofertan en los diversos canales a través de unas formas descontextualizadas, sin explicar, sin dar las contrastadas opiniones que nos podrían invitar a entender lo que ocurre de verdad. No somos conscientes de ello, o no queremos serlo.

El hecho constatado en todos los estudios que al respecto se han hecho en las Facultades de Psicología de España es que, cuando hablamos de suicidios, cuando los aireamos, éstos crecen, a menudo más en las zonas donde se han dado. Cuando mencionamos violencias de diverso género, éstas, en vez de descender, se disparan, y a menudo de manera alarmante. El ser humano -una parte, al menos, y, aunque pequeña, tiene su peso- se queda de manera instintiva con estos desórdenes, que precisan sus contrarréplicas o contrapesos con el propósito de apartar y alejar los malos ejemplos. Ése es el quehacer “sociabilizador” en el que hemos de invertir mucho tiempo y actividades. Seamos más proactivos.

            Somos, y esto es algo que debemos recordar, lo que vemos, lo que vivimos, lo que experimentamos en nosotros y de y en nuestro entorno. Los análisis indican que a los siete años, los niños y niñas europeos (imaginamos que en otros contextos es igual) han recibido millones de escenas violentas, que son aprehendidas por sus retinas, pero que difícilmente pueden entender con sus aún jóvenes mentes, que no terminan de comprender el porqué de todo esto, así como tampoco llegan a discernir el sinsentido de contextos donde, para ellos, es complicado diferenciar la realidad de la ficción.

Por los universales morales

Por desgracia, ante todo ello no hay un afán societario comprometido y claro desde el punto de vista de los conocidos como universales morales, que ya no se reconocen como antes, seguramente porque, en la saturación informativa, tocamos vehementemente unas fuertes cifras de desinformación. Por ende, las Administraciones Públicas deben esforzarse, mediante el sistema educativo y articulando las leyes que sean menester para que haya una auténtica protección de la infancia. Debemos entre todos interiorizar esta necesidad. Hemos de ir más allá de las leyes.

            El dejar hacer no es una buena política, entre otras cosas porque, de vez en cuando, hay que procurar que interactúen los variados elementos, estamentos y entidades de una sociedad al objeto de corregir desequilibrios y de procurar que las minorías o determinados pensamientos vayan en pos de una libertad y de una autonomía vigorosa y siempre saludable.

Los medios comunicación son muy importantes como para no fijarnos mucho más en ellos. No es cuestión de controversias, sino de búsqueda de soluciones.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 2 de febrero de 2014

Instantes que son todo

Me encanta ver las muestras efusivas de felicidad. El ser humano, a menudo metido en innecesarios problemas, es capaz, de vez en cuando, de escapar de la desidia, del hastío y de la torpeza, para mostrar lo mejor de sí mismo. La dicha, que llega a cuentagotas, nos oferta ocasiones para vivir momentos de tránsito dichoso: sin duda, los aprovechamos con interesantes y suaves muestras de cariño, con guiños, con saltos, con imágenes de profunda amistad, de amores hermosos. Son una lección vital: es lo que anhelo mostrar en esta ocasión.

No sé si el tiempo, si la meteorología, si la posibilidad de salir a la calle ayuda, o si contribuyen en positivo los calores con sus planteamientos indelebles. Lo cierto es que, a veces, los astros se conjugan y los verbos que aparecen son maravillosos. Nos planteamos, en algunas oportunidades, que la vida es bella, que lo es en lo sencillo, y sencillamente la palpamos en esa intrahistoria que no tiene nombres de brillo y sí situaciones de auténtica heroicidad. Lo cotidiano, con dosis de entusiasmo, hace la existencia más justificada y explicada. Al final, y al principio, lo nimio es, si se basa en la franqueza, lo que nos arregla el corazón y nos experimenta en equilibrio.

En los momentos, más o menos efímeros, en los que vemos la belleza de un abrazo, de unos besos, de unas lágrimas por compartir la felicidad de un instante también breve, en esos momentos o etapas nos decimos sentirnos orgullosos, porque lo estamos, del ser humano, de una raza que no siempre es capaz de sacar lo mejor de sí misma, pero que tiene gestos claramente deliciosos. Son los casos que referimos aquí. Si hacemos balance, entiendo que hay más bueno que malo, y así lo debemos sostener buscando dinámicas de progreso social desde el respeto individual.


Cada jornada nos brinda oportunidades de existir, de resistir a lo negativo y de imponernos ciclos de avances sencillos y plácidos, colmados de jovialidad y de estilos genuinos. El ser humano vive de la pureza de relacionarse con sus conciudadanos, que, asimismo, cuentan entre sí (deben). Somos referencias de ilusión.

Los encantos de cada segundo suman futuro. Éste viene de la maravilla de entender que la historia la hacemos disponiendo lo más lindo. Hagamos, por favor, que las escenas que se suceden se expriman en el mejor de los sentidos para aprender y para compartir. Desarrollemos los cimientos sociales, económicos, culturales...  Compartamos con gratitud nuestros destinos delicadamente insuperables.

Me deleito perennemente con esas actitudes de alegría, de jovialidad, que, a su vez, compartimos con los convecinos, incluso con gentes a las que no conocemos, y con las que no tenemos trato, pero que vemos, en la inmensidad del océano, como hermanos de una realidad que necesita, en determinados trechos, de un cierto descanso. El ingenio que fraguamos, en algunas oportunidades, lo gestamos también en las demostraciones de una entrega que, por no poner condiciones, nos regala pasión y entusiasmo por haber estado ahí, a una hora determinada, sin darle más vueltas, porque sí. Esos instantes, sin duda, valen todo. Frente a lo que dicen algunos, entiendo que somos capaces de lo mejor partiendo de una carga de franqueza y optimismo.  Superaremos la crisis.


Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 26 de enero de 2014

La mirada empática

Lo que más comunica es lo que vemos, lo que percibimos desde el punto de vista del contenido y del continente. Por eso hay que saber utilizar la vista. Reiteramos a menudo que miramos a los demás, que los vemos, y seguramente, por nuestros hechos, no acontece así. Tengamos presente que por nuestras obras somos conocidos. La teoría conductista de la comunicación insiste en ello. Sucede que no contemplamos a menudo las soledades, ni muchos de los dolores, ni de las necesidades que se nos plantean. Es una suerte de selección a la inversa la que hacemos, de modo que no cargamos con lo que otros desarrollan, con lo que poseen o con lo que necesitarían. Pese a todo, sigo creyendo que la solidaridad es un valor que campea por los lares habituales de nuestra convivencia frente a la larga competencia de la sociedad moderna. Hay muchos que deciden correr con el peso de los otros. Son ejemplos a seguir.

Hoy, sin duda, prefiero quedarme con los modelos más optimistas de entrega. Hemos de buscar, como prioridad, a los demás de manera empática: ése es el consejo, y hasta de la guisa más simpática hemos de actuar, que podemos. Hemos de detener el tiempo presuroso para dar con la esencia de las coyunturas que nos envuelven un día sí y otro también. Debemos señalar el camino de la cordura que pasa por conocer lo que se lleva a cabo, y para ello nos hemos de poner, verdaderamente, en el lugar de los que nos acompañan por esta aventura maravillosa que se llama existencia humana. Lo es si la interpretamos desde el prisma de la fortuna que es existir.

Los ojos nos dicen mucho, quizá todo. Es difícil que puedan mentir. Cuando hay deseo, de todo tipo, cuando hay pesar, de toda índole, cuando hay alegría, de raíces profundas, cuando hay un afán por conocer, etc., todo ello, por supuesto, se nota a través de la propia mirada, que contempla, sí, pero que también da a entender nuestros afanes, nuestras fuentes, nuestras interioridades, lo que meditamos, lo que precisamos, lo que perseguimos. Asimismo es importante saber y chequear, y actuar en consecuencia, respecto de la mirada de los que nos rodean.

Los ojos nos brindan el poso de nuestra alma, que se muestra capaz de superar todo acontecimiento y de enganchar con el prójimo en un acto de futuro prometedor. En la mirada hay calor humano, sentimientos, sensaciones, gratitud, capacidad de diálogo y de negociación, de salir adelante. Igualmente nos procura entendimiento, y por eso no debemos renunciar a ella, por muchas prisas que tengamos o que nos dispongan las circunstancias.

Identificarnos

Mirar al otro es casi una obligación. Hemos de identificar quiénes somos en relación a los demás, pero no por estar pendientes de sus elucubraciones, sino para ser obra y resultado de los mismos quehaceres, de toda una suerte de empeños que nos pueden hacer derivar a anhelos claves. Reconozcamos lo que somos, lo que nos gustaría ser, mediante el análisis de lo que divisamos y de lo que otros vislumbran. Lo deseable es que procuremos vernos bien a través de medidas oportunas y que nos esforcemos por los demás con merecimientos y arraigos.

De lo que se trata, pues, es de otear, y no sólo de mirar. Para ello hemos de adentrarnos en las ilusiones, en los bagajes, en las pretensiones, en lo objetivo y en lo subjetivo de lo que ciñe el envoltorio verbal y no verbal con el que intentamos transmitir una suerte de conocimientos. Lo importante no es únicamente que lleguen, sino que los sepamos experimentar. Para ello, repetimos, la mirada, siempre la mirada, es nuestro referente. Con los ojos abiertos que nos decía el poeta Luis Rosales podemos acercar muchas distancias y conocer más allá de multitud de fronteras. La esperanza es realizable, y más con el brillo de los ojos que tiene en cuenta las circunstancias ajenas y hasta las personales.

Juan TOMÁS FRUTOS.

lunes, 20 de enero de 2014

Relatividad

Nada tiene carácter absoluto. Recordemos el aserto: “Nada es verdad ni es mentira: depende del cristal con que se mira”. Con estas mismas palabras o parecidas se expresaron Campoamor y Hamlet, entre otros, ante sus correspondientes condicionamientos. Por eso hay que vislumbrar más allá. No acortemos y tomemos atajos que nos salen caros.

Revelaba el filósofo danés Soren Kierkegaard que, de vez en cuando, tenía que salir de su laboratorio, esto es, de su despacho, y darse un baño de humanidad paseando por la calle, viendo lo que sucedía, comentando con sus conciudadanos lo que pensaba y los acontecimientos de su época Con esas incursiones contrastaba opiniones y aconteceres, esto es, les daba cuerpo al caminar en busca de aire fresco y renovado para sus ideas. Efectivamente, el contexto, en todo proceso comunicativo, es fundamental para conocer lo que sucede, los porqués, así como las posibles soluciones, que también las hay, incluso en coyunturas muy complejas.

Sin duda, la situación en la que se producen los más diversos eventos es básica para interpretar lo que ha acontecido verdaderamente. La óptica con la que miramos los acontecimientos está edulcorada, o todo lo contrario, por las circunstancias temporales y espaciales de cada etapa, que hemos de tener presentes para poder valorar oportunamente.


Porque todo está sujeto a variopintos barómetros, nos debemos adaptar a las opciones de una existencia que ha de predicar con ejemplos cargados de cohesión, de coherencia y de aplicaciones con solventes remedios, que lo serán si solucionan cuanto nos envuelve, sujeto a la relatividad de las teorías y de las prácticas.

Sabemos que las decisiones importantes las debemos dejar un tiempo quietas antes de tomar una actitud seria frente a ellas. Sí, lo urgente hay que afrontarlo con rapidez, pero lo importante precisa durabilidad en el tiempo, y para eso hay que sopesar todo cuanto tiene lugar y se lleva a cabo.

Los intereses varían a lo largo de la vida porque también cambian nuestras ópticas, lo que nos condiciona la visión de lo que es crucial y de lo que no lo es. Nada permanece, como señalaba Heráclito de Éfeso, que añadía que todo fluye y todo cambia; y por eso precisamente los cimientos no son siempre los mismos. La existencia se transforma con el movimiento de sus columnas más señeras. Todo es, reiteramos, relativo. Lo que sí continúa imperturbable, en cuanto a su apreciación, es la salud, que la pedimos para nosotros, para nuestro entorno, para todos.

Pluralidad de culturas

La relatividad se percibe en la pluralidad de culturas. Obviamente, con sus ventajas e inconvenientes, ninguna está en posesión de la verdad y de los posibles resultados de ésta. No hay una moral única. Todo se encuentra supeditado al aprendizaje y al régimen de valores que hemos experimentado y/o asumido. Es cierto que hay entendimientos universales, como son el derecho a la vida, el renunciar a la violencia, el comportarnos en ayuda de los demás cuando la necesitan, etc. No obstante, no todo el mundo los analiza de esta guisa. Por esta razón nos topamos con tantos conflictos sociales.


En esta misma línea, por lo tanto, constatemos que hay conceptos en y con los que debemos consensuar unos ciertos elementos globales, como son la bondad, la entrega, el respeto, la educación, la solidaridad, el amor, la querencia y creencia en el ser humano, el positivismo, la ilusión, la búsqueda de la felicidad, la justicia, la defensa de los más débiles y necesitados...

La historia, rica en modelos y contra-modelos, es el baluarte que hemos de esgrimir para demostrarnos que hay muchas verdades. Las cosmologías son absolutamente relativas, porque no hay estamentos o instantes intrínsecamente buenos o malos. Las modas, las etapas, las perspectivas culturales, las presencias o ausencias de saberes dispares nos conducen por itinerarios más o menos loables o defendibles y/o en contrario, pero siempre sin restar validez a priori a los parámetros de cuantos nos rodean. En el camino medio está la virtud, sobre todo para no equivocarnos con el prójimo, al que hemos de querer tanto como a nosotros mismos. Aquí no podemos, no debemos, relativizar.


Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 19 de enero de 2014

Dueños de nuestro presente y futuro

La historia personal y colectiva está caracterizada por capítulos o escenas que nos colocan en un determinado sitio o que nos encarrilan por veredas que, a su vez, influyen en lo que conseguimos, poseemos, aprendemos y/o somos. Por eso es aconsejable que, periódicamente, dediquemos unos minutos o hasta algunas horas a reflexionar sobre lo que realizamos con nuestras existencias. El perfil que detectemos contribuirá a que desarrollemos medidas para mejorar.

En este sentido expongamos que sucede de vez en cuando que percibimos o nos ocurre algo que provoca toda una secuencia vital a través de una elucubración por la que transcurre una época dorada. Divisamos los años en un instante fugaz. Es verdad que creo que no hay mejor tiempo que el presente, pero en estas ocasiones a las que aludo se produce una cierta nostalgia que impacta y genera sentimientos agridulces, a la postre ilusionantes. La Naturaleza humana es tan sabia que lo normal es que permanezca el balance más positivo, lo cual ayuda a la interpretación aquí destacada.

Sea como fuere, contemplamos que la existencia es más sencilla de lo que de manera cotidiana solemos afrontar. No olvidemos que hay menos problemas importantes de los que referimos con asiduidad. Las complejidades, sin dejar de lado los aspectos objetivos que nos golpean recurrentemente, se basan en perspectivas variables y no definitivas, aunque puedan ser determinantes.

Hay coyunturas, hechos, acontecimientos, que nos llaman la atención, puede que efímeramente, es posible que por un tiempo, y que nos señalan de un modo fehaciente que los itinerarios son más reiterados y relativos de lo que meditamos a diario. La calma en las vivencias es una garantía de justicia y de equidad en las apreciaciones. Ésa puede ser una de las conclusiones que obtenemos de las estampas que glosamos.

Todo sucede por algo. No se trata de creer en lo inevitable del destino, sino más bien en la conveniencia de sacar partido a lo que experimentamos. La frontera entre lo escrito y lo no escrito no es fácil de indicar. Nuestro coraje, seguramente, puede decantar los resultados hacia el margen en el que nos hallemos más confiados en nosotros mismos.  La fe mueve montañas, y sueños… que podemos hacer realidad.  Lo comprobamos cada vez que palpamos aquello que nos regaló alegrías y que en la actualidad nos desarrolla humanamente. Es el caso.

La existencia humana está llena de enigmas, de opciones de cara al corto, medio y largo plazo. Las sendas elegidas perfilan los resultados, los resúmenes, lo que conseguimos. Nada acontece totalmente por azar. Lo que acogemos, así como lo que perdemos y omitimos es consecuencia de criterios, de actitudes y de posiciones ante lo que se nos presenta o frente a aquello que generamos directa o indirectamente.

De nuevo, y como defensa de un comportamiento existencial, en este nuevo amanecer, en este extraordinario día por desmenuzar, vemos una resplandeciente luz, como la oteamos ayer. Sabemos, porque ésa es la óptica, que algo bueno está por ocurrir: en esta jornada lo será porque hemos decidido ser dueños de nuestro porvenir desde una vigencia excepcional.

Juan TOMÁS FRUTOS.

lunes, 13 de enero de 2014

Rescates

Han hablado filólogos, lingüistas y especialistas en el lenguaje sobre el poder de las palabras. Tienen una fuerza descomunal (no descubro nada), y aportan bagajes relativos o absolutos en función del medio empleado, del soporte en el que aparecen, y del contexto en el que son pronunciadas y/o escritas. Poseen un valor esencial, o no, según quién las pronuncia. Por ello se ha aludido recurrentemente al peligro que albergan. No obstante, creo que hoy en día el auténtico temor nos puede venir por el hecho de que ya no tengan el empuje o la energía que transportaban tiempo atrás.

La crisis, la etapa en la que nos encontramos, los comportamientos humanos, los fracasos, las frustraciones, o todo junto, nos han conducido a puntos de inflexión en los que parece que nada es lo que era. La increencia es el concepto imperante. En décadas pretéritas detectamos movimientos de gentes que se involucraban en un sistema o modelo dispar con el experimentado hasta ese instante quizá en el afán de cambio, o de llamar la atención, o de revolucionar los planteamientos en pos de un progreso societario. Las dinámicas de grupo vienen de una apuesta arriesgada por mejorar lo existente, que, en ciclos, entra en decadencia. Es normal que se persiga una mutación. Sin embargo, actualmente todo anda, más que nada, en una espiral de descrédito que deberíamos remediar.

Sería, por lo tanto, conveniente recuperar las buenas costumbres de interpretar lo que se dice y cómo se dice teniendo en cuenta las circunstancias y los condicionantes en los que no movemos, esto es, leyendo entre las líneas de los que cuentan la realidad. Es un esfuerzo, el que aquí defendemos, que no es baladí, pues todo se ha vuelto tan mimético y repetitivo que nos confundimos por ese valor inocuo que parecen despertar las palabras en una era de altibajos y de apreciaciones complejas y llenas de confusión.

Tanto es así que la ciudadanía, al ser preguntada al respecto, señala que cada vez se cree menos en las instituciones, en sus instrumentos de difusión y en las actuaciones que se hacen o que se subrayan que se llevan a cabo. Esto es preocupante, pues toda comunidad de vecinos precisa de elementos de referencia, y en la actualidad todo entraña, u ostenta, un relativismo a ultranza que comienza a dañar incluso las capacidades o los cimientos de la recuperación de la propia fe en nosotros mismos, que es lo principal para salir del atolladero en el que nos hallamos.

Recuperar conceptos y valores fundamentales

Un término que hemos utilizado en exceso, seguramente impelidos por la necesidad, es el de rescate. Lo económico, que todo lo inunda y lo puede, ha debido ser sometido a operaciones de recuperación que han generado todo tipo de eventos y de iniciativas, con resultados que van desde los negativos a los positivos, pasando por tránsitos, asimismo muy prolongados, de ingente incertidumbre. Las cartas, sobre la mesa o no, nos están llevando a metas o desembocaduras donde siempre el fin ha de ser la ciudadanía, y no sólo la mejora de las finanzas y de los grandes números. Pues bien: ese término rescate nos valdría estupendamente para aludir a la conveniencia de recuperar valores fundamentales perdidos, intereses mancomunados, así como experiencias de resolución de conflictos personales, profesionales y societarios.

Quizá ese valor dramático de la palabra rescate, ese concepto del cual nos hemos de valer y que denota precipitación y actuaciones contundentes, rápidas y con un coste alto, nos aparta un poco de la apreciación que deseamos aportar en este caso. La situación es de un nivel tal de ruptura y de competencia atroz y voraz que necesitamos tomar el timón de lo que sucede, en esta contemporaneidad alocada, con una contundencia que no admite dudas.

No puede haber retrocesos en todo lo que suponga cura del intelecto o del cuerpo, es decir, de lo físico y de lo espiritual. Hemos ganado mucho en las últimas décadas, con el sacrificio de un innumerable grupo de personas, como para perderlo ahora sin afrontar con gallardía los trasiegos en los que nos vemos involucrados.

Hay que rescatar (ése es el vocablo) muchas cuestiones básicas: es una misión obligada que sostengamos los valores asistenciales y sociales, la educación, la sanidad, la convivencia, así como la tolerancia, la paciencia y la cesión para lograr pactos globales y largos en el tiempo. Rescatemos, por favor, la confianza y la energía para salir adelante.

Debemos volver a tener claro que la Ley se ha hecho para servir al ser humano, y no éste para esclavizarse por coyunturas o estructuras injustas. La auténtica vocación, la llamada de genuino porvenir, nos ha de venir del corazón con una simiente racional y no extrema. Esto es lo lógico, como es evidente que lo primero que tenemos que rescatar es la dignidad en nosotros mismos, la de todos, sin exclusiones. Echemos una mirada. Si no logramos ese decoro, lo demás tampoco será posible.

Juan TOMÁS FRUTOS.

domingo, 12 de enero de 2014

Encuentros prometedores


Al final de cada día siempre es aconsejable que dediquemos unos minutos, un tiempo, el que podamos, a reflexionar sobre lo vivido, acerca de nuestras costumbres, sobre las opciones de presente y de futuro en las que nos movemos. En ese análisis, si lo hacemos con coraje y bravura, podemos hallar caminos para la transformación, para el cambio en positivo.

La historia pasa muy deprisa. Siempre decimos que el ritmo es demasiado trepidante. Lo es, pero no deja de ser un tópico: a menudo desaprovechamos ocasiones, etapas, instantes, segundos, que valen toda una vida, y luego decimos, siempre lo decimos, que nos falta ese trecho esencial para dar con lo que perseguimos.ero no siempre sucede de este modo. Incluso, como sabemos, tropezamos varias veces en la misma piedra al no sacarle partido a ciertas oportunidades. No obstante, no es cuestión de agobiarse, que hoy es un día muy saludable para hacer propósito de enmienda y para encomendarnos a los buenos hados, que los hay, y con los que debemos contribuir para que todo marche sobre ruedas.

La existencia está colmada de frutos de esperanza y de fe, de posibles encuentros con personas y en circunstancias que nos muden las perspectivas y también las intenciones con las que nos movemos. Las citas, previstas o no, cerradas o no, nos ofertan nuevos conocimientos, saberes de primera mano o curtidos por las etapas de una historia donde demasiadas cosas se repiten.

Por ello, de vez en cuando hay que arriesgar: para esa actitud, que ha de superar el miedo a la transformación, necesitamos mucha pasión. Con ella comenzamos el día, otro buen día, el nuestro, el elucubrado, el compartido desde la confianza de que el mundo puede mejorar, siempre, claro está, empezando por nosotros mismos. En realidad, como subrayaba John Lennon, "todo lo que necesitamos es amor".

Juan Tomás.

Sería deseable aprender de la experiencia, de la propia y de la ajena, pero no siempre sucede de este modo. Incluso, como sabemos, tropezamos varias veces en la misma piedra al no sacarle partido a ciertas oportunidades. No obstante, no es cuestión de agobiarse, que hoy, precisamente, es un día muy saludable para hacer propósitos de enmienda y para encomendarnos a los buenos hados, que los hay, y con los que debemos contribuir para que todo marche sobre ruedas.

Hemos de progresar. La existencia, indudablemente, está colmada de frutos de esperanza y de fe, de posibles encuentros con personas y en circunstancias que nos pueden mudar las perspectivas y también las intenciones con las que deambulamos. Las citas, previstas o no, cerradas o no, nos ofertan nuevos conocimientos, saberes de primera mano o curtidos por unos capítulos donde demasiadas cosas se repiten.

Improvisar, arriesgar, exponernos al éxito y al fracaso es una renovación que nos puede ubicar en un estadio de sorpresa en pos de la dicha que todos decimos pretender, pero a menudo falta para ello la suficiente convicción. El discurrir cotidiano no puede ser una suma de tentativas o de promesas: necesitamos hechos, eventos con más o menos fortuna que nos hagan mejores personas, aprendiendo incluso de los errores.

Los avances societarios se dan a partir de la observación, que nos ha de proporcionar adelantos sustanciales. No malgastemos los años en realizar sin pensar, en permitir que nos lleve el río de lo rutinario. No es malo que sea así, pero en ciertos intervalos de la senda hemos de manejar las riendas. No importa que no salgan las cuestiones como queremos: lo interesante es intentarlo, esto es, vivir en definitiva.

Cada estadio es un paso, consciente o no, hacia alguna parte. Lo ideal es que conozcamos dónde nos porta, o, cuando menos, hacia dónde anhelamos dirigirnos. Ganamos de esta guisa. Por eso debemos otorgarnos algunos instantes a conocernos y a ver si somos oportunamente joviales con lo que llevamos a cabo. Al amanecer, aunque duelan, deberíamos formularnos algunas preguntas, y, por supuesto, actuar en función de las respuestas.

De vez en cuando hay que afrontar posibles pérdidas con el fin de obtener réditos inmateriales de dicha: para esa actitud, que ha de superar el miedo a la transformación, necesitamos mucha pasión. Con ella debemos comenzar la jornada, otro buen día, el nuestro, el elucubrado, el compartido desde la confianza de que el mundo puede fructificar, siempre, claro está, empezando por nosotros mismos. Buscar encuentros con lo sencillo, con lo sorprendente, con lo flamante, con lo renovado, es el itinerario más resolutivo y prometedor. En realidad, como subrayaba John Lennon, "todo lo que necesitamos es amor". Tengamos presente que, para recoger, primero hay que plantar.

Juan Tomás Frutos.



Juan Tomás.


Juan Tomás.

martes, 7 de enero de 2014

Fotos

El universo está lleno de estampas representativas, en diferentes porcentajes, de lo que es y alberga en sí, es decir, de cuanto supone. De hecho, hay multitud de panorámicas en nuestro entorno: éstas se ven caracterizadas en función de lo retratado, del eje de la cámara, de la perspectiva, de las dimensiones, así como por los colores captados, por la luz, por las voluntades, por lo pensado acerca de ellas, por su espontaneidad o bien por lo que calculamos…  Hemos de tener en cuenta, igualmente, factores como el azar, sin olvidar las premisas y los filtros de los otros, que manejan una óptica propia, y siempre con la determinación del presente, del pasado, o en relación a lo que aguardamos en el futuro, quizá con el empuje de lo que ya está escrito en alguna parte…

La existencia, por lo tanto, es una secuencia de fotos o de grabaciones en video o en otro soporte, por seguir con esta figuración, donde la calidad y la cantidad la ponemos un poco entre todos, entre los emisores y los receptores, y teniendo en cuenta en todo instante que la conexión entre los dos extremos del proceso comunicativo es básica para que se entienda lo que se quiere reflejar en cada instantánea. Da un poco de vértigo pensar en ello. Puede que por eso no lo hacemos.

Por otro lado, las fotos que percibimos o que desciframos tienen reflejos, ecos sugerentes, entusiasmos, tristezas, así como fines comunes o particulares: se trata de un sinfín de objetivos que hemos de conocer y de interpretar. Precisamos tiempo para saber lo que sucede en nuestro entorno. Los retratos de nuestro alrededor ofrecen sentimientos, razones, gozos con penumbras y correcciones, además de desventajas y problemas, que somos capaces de superar, si los divisamos oportunamente y vamos hacia delante sin complejos.

Aunque el silencio no es rentable, tenemos necesidad de otear el día a día con quietud, con mesura, cediendo espacios y talento hasta donde pueda ser. Hay que ser generosos si queremos conocer. La cesión de posturas es muy comunicativa, si procuramos empatizar y entender y que nos comprendan al tiempo. En paralelo, hemos de conformar la realidad desde la creencia en nosotros mismos, facilitando las opciones a medio plazo.

Si buscamos el provecho del aprendizaje, debemos interactuar también con los episodios que gráficamente quedan en nuestra historia, de la que hemos de sacar el máximo beneficio. Analicemos, pues, en el uso de los diversos lenguajes, los gestos, los diversos códigos, las distancias empleadas, desde una inteligencia emocional que desgrane el interés puntual y por igual el más duradero. La intuición y el contraste de pareceres juegan aquí una partida crucial.

Es bueno que sepamos valorar si hay superficialidad o profundidad en los protagonistas y en los paisajes que vamos acumulando a través de los argumentos que se presentan en esas imágenes cotidianas con las que convivimos expresa o casualmente. A menudo a ese discernimiento contribuye la exposición de todos los datos de lo experimentado, esto es, para poder acercarnos a un acontecimiento hemos de tener un contexto claro. Eso conlleva un quehacer previo cargado de voluntad.

Indagar

En consecuencia, indaguemos con diáfana transparencia en todo cuanto hallemos en las fotos de cada jornada. Encontraremos perfumes y docencias que nos permitirán transformaciones que, si hacemos desde la ilusión y una óptima intención, siempre serán para fermentar aspectos saludables. La existencia es una superposición de capas que hemos de habituarnos a colocar y luego buscar para aprovecharlas en cuestiones leves y también en las relevantes.

La historia está llena de intenciones, pero sobre todo de hechos, de los que hemos de aprender. Las imágenes valen más que muchas palabras, y en los eventos que reflejan debemos toparnos con las peculiaridades de lo cotidiano, con lo que verdaderamente es. Nos hemos de preguntar, ahondando en los aspectos gráficos, si merece la pena cuanto hacemos, o si hemos de mudar en pro una verdad que nos satisfaga y nos equilibre.

Es verdad que para desmenuzar una foto necesitamos tranquilidad, al tiempo que hemos de atender las peticiones y los comentarios de los protagonistas, sobre todo de aquellos que no hablan para embaucar sino para opinar desde el corazón, siendo genuinos y humanos.

Aunque a veces nos parezca lo contrario, la mayor parte de las fotos de nuestras vidas las decidimos nosotros. Puede que el paisaje y muchas de sus circunstancias no, pero sí sus tonos, sus coloridos, sus gracias, sus encajes, sus pálpitos, sus acompañantes, así como el tiempo de las risas y de las lágrimas, el momento del Sol y de la Luna, los rayos que vislumbramos, las estimaciones logradas… Indudablemente, el balance de blancos y de negros lo podemos ajustar nosotros. Quizá lo ideal es ir paso a paso, si no tenemos el hábito de interpretar las secuencias de nuestras existencias: el consejo es fomentar el tiempo suficiente para escrutarlas. Puede que descubramos algo que desconocemos de nosotros mismos. Las fotografías, a veces, sorprenden.

Juan TOMÁS FRUTOS.