viernes, 15 de octubre de 2010
Artículos de comunicación (Juan Tomás Frutos)
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martes, 9 de junio de 2009
José Luis Salanova. Periodismo de Investigación
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viernes, 20 de febrero de 2009
José Luis Salanova: «Siempre me ha gustado seguir y contar las historias de sucesos»
Esta noche, a las 20:00 horas, presenta en el Hotel Churra su libro 'El misterio continua. Casos y crímenes sin resolver en la Región de Murcia»
El veterano. Grande entre los grandes. Tu amigo Carris.
JOSÉ LUIS SALANOVA PERIODISTA
Su interés por todo lo relacionado con sucesos e investigaciones policiales, hizo que cuando trabajaba como redactor de La Verdad, se le conociese como Comisario Salanova. El paso del tiempo no le ha hecho olvidar aquellos casos, algunos espeluznantes, que siguió muy de cerca, como si, en efecto, fuese un auténtico policía inmerso en el descubrimiento del drama que había tenido lugar. Por eso, esta tarde, a las ocho, en el Hotel Churra, José Luis Salanova presenta un libro singular (El misterio continúa. Casos y crímenes sin resolver en la Región de Murcia), del que ha sido autor y editor.
- ¿Cómo se le ocurrió, al cabo de tantos años, recuperar estos temas, para escribir un libro?
- Es algo que yo venía pensando desde hace mucho tiempo, porque, de mi época de redactor de sucesos, guardo documentos de los casos más interesantes. Además, yo quería hacer un recorrido por los lugares donde sucedieron, para ver si permanecían vivos en el recuerdo. He visitado también cuarteles de la Guardia Civil, policía y juzgados. De unas cosas y otras ha surgido este libro, que puede ser muy interesante, por que todavía son casos que no se han olvidado en los lugares donde ocurrieron, y sobre los que mucha gente se pregunta por qué no se han podido aclarar.
- ¿Le han permitido recopilar nuevos datos?
- En algunos casos sí; en otros, no. Todavía hay familias y vecinos que se acordaban de mí y me contaron cosas. En otros lugares, sigue imponiéndose el misterio y mucha gente no quiere recordar nada, porque algunos casos, de crímenes o desapariciones, fueron un auténtica pesadilla para muchas familias o para todo un pueblo.
- ¿Algún caso concreto que se recuerde con mayor persistencia?
- Basta decir que todavía, al cabo de unos veinte años, siguen llorando los hermanos de una chica que desapareció en San José de la Montaña. O el caso de la joven de Portmán, que murió asesinada en Nochevieja. Las familias de estas víctimas siguen recordando y, al mismo tiempo, también siguen deseando que se aclaren los hechos, porque piensan que pasean tranquilamente por los pueblos los responsables de esos crímenes o desapariciones. Excepto en un caso, no he incluído fotos de los protagonistas de estos sucesos, como tampoco he querido recrearme morbosamente con tan dolorosas historias. Pero ojalá que, con motivo de este libro, algunas personas recordaran detalles que pudieran llevar a la aclaración definitiva de los hechos.
- ¿Y usted ha descubierto algo nuevo, a propósito del libro?
- Sí. En el caso de Portmán, hay cosas que no coinciden con lo que entonces se contó, respecto a las circunstancias en las que murió la chica. En el caso del niño de Los Cánovas desaparecido en un accidente en Somosierra, yo creo que está vivo. Cerca del lugar donde ocurrió el accidente, que por cierto no se investigó, había un chalé con muchos niños que pertenecían a una secta. Un tío del desaparecido pidió en repetidas ocasiones veces que se investigara en ese chalé, pero nadie le hizo caso.
- ¿Ha dejado sin incluir otros casos sin resolver?
- Sí. Está el caso del taxista de La Manga, un caso raro entre dos hombres con un tercero de por medio; pero los que más me atrajeron en mi tiempo de redactor de sucesos son estos casos que hay escritos. El libro se acaba con el tema secreto de los ovnis, para el que he utilizado un estudio que me han facilitado dos antiguos altos mandos del Ejército y de la Guardia Civil.
- ¿Usted contaba estas historias en el periódico, solo porque era su obligación o porque le gustaba narrarlas?
- Siempre me ha gustado seguir y narrar estas historias.. Cuando llegué a La Verdad, Juan Francisco Sardaña, el director, me fichó para que me encargase de los sucesos. Eran temas que seguíamos hasta el final, por los que no dormíamos, a base de pasarnos muchas horas investigando. En el caso citado del niño desaparecido fui hasta Colmenar Viejo, siguiendo la presunta pista del chiquillo, para hablar con una juez o conocer las investigaciones que se allí se estaban realizando.
Pulsa el recorte de prensa para ver la edición impresa de La Verdad a página completa
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martes, 1 de julio de 2008
Antonio Montoro
"Antonio Montoro es uno de los mejores profesionales y de las mejores personas que conozco. Conmigo siempre se ha portado muy bien, y me consta que ha ido dejando en todos los que le conocemos un aspecto imborrable de ternura, de sosiego, de fina inteligencia y de gran maestría".
Juan Tomás Frutos.
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martes, 6 de mayo de 2008
domingo, 20 de abril de 2008
Los periodistas, «bestias salvajes»
POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
En ABC, 17-6-2007
TONY Blair, sobre un esqueleto político muy meritorio, fue también una gran -extraordinaria, diría yo- creación mediática. El premier británico llegó a fascinar a los periodistas y a los editores porque reunía todo un conjunto de atributos personales y profesionales que encajaban como anillo al dedo en lo que los profesionales de la información venimos en denominar «una buena historia». El desgaste que produce el ejercicio del poder -muy corrosivo en el caso de Blair por su implicación en decisiones muy impopulares como la invasión de Irak y episodios de corrupción en el Partido Laborista- ha dejado al personaje situado en una perspectiva distinta, despojada del cortejo de circunstancias que le aureolaban como una apuesta mediática segura.
Blair y los medios se han utilizado de modo recíproco. Uno y otros han entrado en ese juego a menudo peligroso del compadreo, la empatía coyuntural y el achicamiento de las distancias sanitarias, siempre aconsejables entre esos ámbitos, lo que irremediablemente ha conducido a la hostilidad y, por parte del jefe del Gobierno británico, a un análisis del sector de la comunicación excesivo en su expresión aunque no desacertado en cuanto al fondo de la cuestión. Su intervención en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, que se produjo en la sede de la agencia británica en Canary Wharf de Londres el pasado martes, ha provocado un debate que era el que buscaba el primer ministro británico al sostener que los periodistas son -somos- «como bestias salvajes, haciendo añicos a la gente y a su reputación».
Extraída esta expresión de su contexto, resulta infamante; pero adquiere cierto sentido -siempre que se considere una metáfora en cualquier caso hiriente-si se inserta en otras consideraciones atinadas de Blair tales como que «el escándalo y la controversia derrotan al periodismo ordinario» o que «todo es triunfo o derrota, ya no hay grises, sólo blanco y negro». Esto último es cierto porque lo que ha sobrevenido es una competencia feroz compatible -por desgracia- con una alarmante desprofesionalización en los medios -que afecta tanto a periodistas como a editores-, de suerte que esta liza sin cuartel, sin reglas de compromiso, ha reducido, en palabras del dirigente laborista, «la capacidad de los medios para tomar las decisiones correctas». Esta es la clave de la cuestión: el turbión mediático se ha llevado por delante -o amenaza hacerlo- el acervo de intangibles que connotan la información y la opinión publicada, es decir, la ecuanimidad, el rigor y la solvencia. De manera que -siguiendo a Tony Blair- «la relación entre la vida pública y los medios está dañada de manera que exige una reparación», afirmación que apostilló con otra, incómoda para la profesión pero también cierta, según la cual «la confianza en los periodistas no es mucho mayor que la que hay en los políticos», para sostener después que «existe un deseo de imparcialidad, un mercado para informar de forma seria y equilibrada». ¿Cómo podría resolverse esta distorsionada situación? Blair contesta: «el cambio no puede ser impulsado por los políticos, sino por los propios medios».
Blair ha denunciado lo que el maestro Kapuscinski escribió y describió con una sinceridad arrolladora hace sólo unos años -en 2004- en Oviedo con ocasión de la entrega del premio Príncipe de Asturias. El reportero polaco dijo entonces que «junto a la palabra journalist funciona la expresión media worker. Y viceversa. Un media worker puede ser hoy presentador de telediario, mañana portavoz del gobierno, pasado mañana corredor de Bolsa y al cabo de dos días convertirse en director de una fábrica o de una multinacional petrolera. Para él -seguía el ya fallecido periodista- este trabajo no tiene nada que ver con conceptos como deber social u obligación ética. Lo suyo es vender un producto, como cualquier otro trabajador de servicios, que constituye la parte de león -y cada vez más numerosa- de las profesiones existentes en el mundo desarrollado».
La lucidez de Kapuscinski le ha hecho merecedor de la admiración de la profesión periodística, pero no ha provocado corrientes internas -nacionales e internacionales- que reparen el desastre en el que podría incurrir el universo de valores cívicos si los periódicos de calidad no enderezan el rumbo. Volver a tomar el norte consiste, básicamente, en considerar que el destinatario de la obra intelectual -así puede definirse un diario de calidad- no es el mercado, sino la sociedad. Somos los periodistas -con editores profesionales y no con «businessmen a los que nos les importa que la noticia sea verdadera, importante o valiosa sino que sea atractiva», según el ya citado Kapuscinski- los que debemos negarnos a transformar la naturaleza de nuestra función.
El mercado se está sobreponiendo a la sociedad. El mercado reclama audiencias altas y rentabilidad publicitaria; la sociedad, referencias solventes y debates de principios, criterios y valores. El mercado desea divertimiento, morbo y escabrosidades -eso que se llama atractibilidad informativa-, pero la sociedad exige el respeto a los procesos de reflexión, la preservación de las libertades colectivas e individuales y la reivindicación de un sistema de convivencia con derecho, si el caso fuere, al aburrimiento, a la rutina democrática, tan saludable, por otra parte, para la estabilidad general. La espectacularización de la noticia -que es lo que requiere el mercado, pero no la sociedad- sugiere machaconamente una mentira con el propósito de convertirla en una verdad: que los periodistas formamos parte de una especie de farándula de la que se esperan emociones y sensaciones fuertes y un permanente servicio a las visceralidades ciudadanas, pero no rigor, ni ecuanimidad, ni responsabilidad.
La lógica del mercado no es la lógica de la sociedad. Las «bestias salvajes» -los periodistas en metáfora hiperbólica de Tony Blair-responden a la primera, pero no a la segunda que es en la que debe anclarse el periodismo de calidad, consciente de su propia misión en la que no siempre, sino todo lo contrario, se superpone lo mercantil sobre lo cívico. Cada medio -y me refiero de forma especial a los periódicos y los espacios informativos de los audiovisuales, así como al periodismo digital- se va a enfrentar a un dilema: el de retratarse en su verdadera naturaleza: sensacionalista o rigurosa; arbitraria o solvente; frívola o irresponsable. Y esta opción no es una cuestión sólo británica planteada en términos rotundos por el dimisionario Blair.
Comienza a ser un debate occidental que encuentra en España un escenario en el que esa «reparación» que merecería la sociedad dispuesta a consumir seriedad y equilibrio es más necesaria que en otros lugares. Porque la prensa española sí se preguntaba hace treinta años -durante esa Transición reivindicada por el Rey el pasado jueves en el Congreso de los Diputados-sobre la verdad y la mentira; sí se cuestionaba acerca de sus responsabilidades y obligaciones; sí se atenía a unas reglas de compromiso que ahora se han volatilizado contribuyendo a la banalización general que padece la convivencia española que se materializa en graves imposturas, enormes mentiras y simulaciones. Lo denuncia -vuelvo a él- Kapuscinski al sostener que «el peligro consiste en que los medios -convertidos en un auténtico poder- han dejado de dedicarse exclusivamente a la información para fijarse un objetivo mucho más ambicioso: crear la realidad». Y es verdad que algunas realidades virtuales hacen más daño que las auténticas. Por eso, Tony Blair no se ha confundido sino en el empleo de los términos. Desde luego, no en el diagnóstico.
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS
Director de ABC
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viernes, 4 de abril de 2008
Juan TOMÁS FRUTOS.
El ejercicio del Periodismo y los ciudadanos han de caminar de la mano
El Periodismo se debe a la ciudadanía, a la cual consagra su labor de servicio público, su interés por los temas que atañen a mayorías o minorías, su defensa del interés general. Esto es evidente: lo ha sido siempre, desde los propios orígenes de los medios de comunicación de masas o de responsabilidad social, que de los dos hay. La mirada se tercia expresiva cuando trazamos los ejes que hay en común entre la ciudadanía, la educación y el papel de los medios informativos, pero, en su sencillez, también es clara cuando tratamos de adivinar las claves de la profesión periodística.
Creo que el Periodismo evoluciona con los mismos cánones y desde los mismos parámetros de la sociedad. Hay un cierto mimetismo que tiene muy mucho que ver con la propia idiosincrasia del uno y de la otra. Esto que señalamos, constituido en verdad casi objetiva, hace que los medios de comunicación sean una suerte de espejo del lugar y del tiempo donde estén incardinados, por mucha perplejidad o sorpresa que esta situación nos pueda generar en lo bueno y en lo malo, con sus claros y con sus aspectos más oscuros.
Además, el modelo avanza a pasos agigantados. Gracias a la incursión de las Tecnologías de la Información y de la Comunicación, el periodista está en una etapa de adaptación en un flamante escenario caracterizado por la democratización de la Información. Eso dice la teoría mayoritaria, que defendemos a ultranza, aunque a veces haya disfunciones, que existen y hemos de solventar. Es ésta, la actual, una fase en la que los ciudadanos participan y ayudan de una manera extraordinaria al periodista. Son los nuevos gate-keepers, esos generadores y seleccionadores de contenidos multimedia gracias a la incursión de Internet (nos referimos a los e-mails, a los blogs, a las redes ciudadanas, a las listas de distribución, a los diarios digitales…). Nos hallamos ante todo un entorno digital que invita al periodista a interactuar con toda clase de ciudadanos, y eso es bueno porque nos enriquece mutuamente, haciéndonos partícipes de la realidad misma desde distintos ángulos.
Modelo basado en la ciudadanía
Tengamos en cuenta que se muda igualmente la interpretación, que el modelo de medios de comunicación caracterizado por una relación unidireccional, representada a menudo en la comunicación con instituciones públicas y privadas, ha cambiado a favor de un modelo omni-direccional y retro-alimentado por la aportación de los ciudadanos a través de las denominadas TIC´S (Tecnologías de la Información y de la Comunicación). Ésta es la gran revolución de finales del Siglo XX y de los albores del XXI. Pensemos en positivo, y digamos que hay todo un panorama que abre una flamante visión esperanzadora y genera, paralelamente, un nuevo eslabón en la situación del Periodismo. La escalera permite, no lo olvidemos, más peldaños. Las entradas informativas, las propias fuentes, desmenuzan y articulan una realidad tan ingente como variopinta.
Es necesario describir este “paisaje” o “paisanaje”, que dirían nuestros escritores y literatos del 98, para demostrar que el periodista es más que nunca un portavoz de la sociedad, y que es imposible, debe serlo, cerrar los ojos a una realidad que el propio público al que se dirige le está brindando al mismo tiempo. Sin duda, el contenido que genera la sociedad en la Red es también un referente para que los profesionales de la comunicación puedan orientar su discurso informativo desde los distintos “mass-media” en los que laboran y a los que representan. El intercambio de perspectivas, en éste como en otros supuestos, es edificante y constructivo.
Son muchos los ejemplos en los que el ciudadano, el sujeto universal de la información que nos indica Desantes Guanter, es el auténtico protagonista en ambos lados del proceso comunicativo. Por supuesto que debemos y podemos incrementar ese número de opciones de conocimiento, que lo son para la sociedad misma.
Cuidemos la calidad
Pese a estas posibilidades tan democráticas para compartir la información, los intereses empresariales y políticos sobre las empresas de comunicación están mermando la calidad de los contenidos que los periodistas pueden generar. Esto es un hecho que no nos debe impedir que veamos el bosque de las enormes posibilidades comunicativas y societarias que nos rodean. Se trata de una situación que, junto con la precariedad de los salarios, el desconocimiento sobre las asociaciones que defienden los intereses del sector y la falta de implicación de los poderes públicos para arreglar la situación socio-laboral de los periodistas, hacen que las metas no sean halagüeñas, pero pueden serlo, claro, con nuestro esfuerzo, con el de todos. La visión no puede ser más que apocalíptica, sobre todo para las gentes que observan desde mi prisma, desde éste que aquí y ahora especifico, habida cuenta de las circunstancias y de las condiciones que detectamos. No obstante, insistimos, el afán de superación nos ha de conducir por otros derroteros más optimistas.
Tan importante como las retribuciones paupérrimas en las que nos movemos es el exceso de periodistas que salen de las Facultades sin encontrar trabajo, así como la falta de polivalencia con la que se licencian en estos centros de educación superior, especialmente por la carencia de tiempo y de medios para cumplir plenamente los planes de estudio, las indicaciones de los expertos y los deseos de colaboradores y responsables del ámbito universitario. Hay excepciones, como antes indicamos, y hay suficiente e inestimable esfuerzo por parte del profesorado y de las propias entidades, pero aún los recursos se tercian insuficientes. Las Administraciones deben invertir más y mejor. Pueden.
El panorama que nos rodea brinda unas ocasiones excepcionales de mejora societaria desde el atrevimiento unánime de que nuestra labor debe mejorarse con el asentimiento de todos. En el global de opciones informativas, y desde una óptica personal, profesional y empresarial, hay una pluralidad comunicacional y comunicativa que nos debe hacer sentir un orgullo muy claro y singularmente basado en el quehacer de todos aquellos que estamos involucrados en el proceso de envío/recepción de los mensajes públicos. Toca, en paralelo, un aprendizaje conjunto para aprovechar toda la sinergia y las destacadas ocasiones que nos circundan. Aquí no puede haber tampoco una faena individualizada y compartimentada. Ayudemos a que la ciudadanía aprenda a hacer un mejor uso de los medios, y en esa labor de cimentación ganaremos todos. Podemos y debemos ir de la mano, más juntos que nunca. Será garantía de beneficios mutuos.
Juan TOMÁS FRUTOS.
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jueves, 3 de abril de 2008
sábado, 1 de marzo de 2008
Ryszard Kapuscinski
Ryszard Kapuscinski *
¿La escritura puede hacer que algo cambie? Sí, lo creo profundamente. Sin esa fe no podría escribir. Desde luego soy conciente de todas las restricciones que nos ponen las circunstancias, las situaciones, la historia y el tiempo. Por ello mi fe, aunque profunda, no es absoluta, no es ciega.
¿En qué consiste la principal restricción? La escritura sólo raras veces, en casos excepcionales, influye en la gente. Y, en el transcurso de la historia, no lo hace de forma directa, radical y de inmediato. La reacción a la palabra escrita es más bien mediata. En el primer momento puede ser incluso invisible, indetectable. Necesita tiempo para llegar a la conciencia del receptor, necesita tiempo para empezar a formar o cambiar esa conciencia. Sólo después de un largo camino podrá influir en nuestras decisiones, actitudes y acciones.
El que la escritura produzca cambios no lo deciden sólo los autores, sino sobre todo los lectores: su sensibilidad y confianza en la palabra, su prontitud y deseo para reaccionar a la palabra recibida. Es también importante el contexto, el ambiente, el estado de una cultura imperante en que esa palabra cae y es recibida. Con frecuencia estas son las circunstancias que pueden debilitar e incluso aniquilar el valor y la fuerza de la palabra escrita y sobre la cual el autor de un texto no tiene mayor influencia.
Sin embargo, a pesar de ese impedimento, estoy seguro que escribir puede provocar cambios. Lo digo con base en la experiencia de mis numerosos colegas que han puesto en peligro su vida y que, incluso, la han entregado. La entregaron para que su labor no sólo informara sobre lo que ocurre en el mundo, sino para desenmascarar el mal, sanar una situación o hacer al mundo más humano.
Daré un ejemplo. Desde 1959 Ruanda fue un país de masacres entre tribus y castas que se repetían en forma sistemática. El mundo lo ignoraba. Durante decenios ese país no dejó entrar a periodistas. Yo mismo, viviendo en la vecina Tanzania, traté en varias ocasiones, sin resultado alguno, de cruzar la frontera. Fue hasta que se escribió sobre las masacres de 1994 que la opinión mundial despertó. Y a partir de ese año Ruanda, por primera vez en su historia, dejó de ser lugar de sangrientos y masivos ajustes de cuentas internas.
Fue precisamente la escritura desenmascaradora y acusadora, y a menudo simplemente informativa, la que tuvo una importante papel en el conocimiento de los Gulags y de los campos de concentración, así como en el derrumbe de muchos regímenes criminales, de dictaduras del tipo de Pol Pot, Mobutu, Amin o Duvalier. Ello fue posible porque la palabra escrita pudo siempre cambiar muchas cosas. Ella ha provocado durante siglos el temor de todo poder autoritario que la ha combatido mediante diversos métodos. De ahí la colocación de libros en los índices eclesiásticos, de ahí la quema libros en las piras, de ahí obligar a los escritores al exilio, de condenarlos a muerte.
En el fondo no podemos imaginarnos un libro de texto de la historia universal que no tuviera un capítulo de cómo la palabra escrita en forma de volantes, escritos secretos, prensa clandestina y editoriales irregulares influyeron en el resultado de luchas sociales y políticas.
Cuando preguntamos: “¿la escritura puede hacer cambiar algo?”, la mayoría de las veces pensamos que se trata de un cambio positivo, dirigido a hacer un mundo mejor. Pero no olvidemos que la escritura puede intentar que el mundo sea peor, que contribuya a aumentar el mal, el odio y la agresión. Tal función la cumple cuando se escribe en el tono del fanatismo y la xenofobia, del fundamentalismo y el racismo. Por ejemplo, los libros al estilo de Protocolos de los sabios de Sion o Mi lucha de Hitler.
Pienso que la pregunta sobre cuál es el carácter de la relación entre la escritura y el cambio es muy importante y actual. Esta pregunta surge de la inquietud sobre la eficacia de nuestras acciones literarias por el valor mismo de la escritura. Porque por un lado vemos una enorme proliferación de la palabra escrita –hay cada vez más libros, revistas y periódicos- y al mismo tiempo percibimos cuánto mal hay en este mundo y como la cantidad de temores y conflictos en nuestro planeta aumenta en lugar de disminuir. De ahí el escepticismo de muchos creadores, de ahí la frecuente desconfianza e incluso la incredulidad en el sentido de nuestra escritura.
La mente de un hombre contemporáneo es constantemente regada con un diluvio de palabras, por lo que éstas pronto pierden su valor y fuerza. Cada vez nos hablan menos y más nos desorientan, agotan y fastidian. Y sin embargo, ese exceso, esa sobreproducción no debería desanimarnos.
La literatura siempre ha asumido su responsabilidad. Desde hace miles de años ha acompañado la vida de las sucesivas generaciones, a veces cambiándolas para ser mejores. Y hoy nada la libra de esa obligación. Por el contrario, los tiempos difíciles en los que vivimos nos ordenan que, con una fuerza y fe especial, digamos: “Sí, la escritura puede cambiar algo para que sea mejor, aunque sea poco, pero puede”.
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* Ryszard Kapuscinski (1934-2007) fue autor de una veintena de libros que se caracterizan por una estructura originalísima. En 1999 fue nombrado como “el mejor reportero del siglo XX” y fue un constante candidato al Nobel de Literatura. Este es el último de sus artículos que publicó el pasado 24 de enero Gazeta Wyborcza, diario polaco del que era colaborador habitual. (Traducción de Aleksander Bugajski.)
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Con Firma
Abrimos esta sección "Con firma" donde incluiremos grandes artículos sobre el periodismo como teoría y como profesión, relacionados por orden alfabético de autor.
Hoy comenzamos con el último artículo publicado por Kapuscinski al que seguirán más.
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